Mi Habana se despierta como cada día, con pocos desayunos y resacas de ron. se disfraza de heroína y eleva el ancla de su dignidad
Con la colosal tarea de atrapar algún sueño e ir a trabajar, sabiendo que la paga no es nada, que tiene que inventar, que salir a robar para sobrevivir la guerra que se empeña en librar.
Mi Habana es astuta, lleva años haciendo lo mismo. Aunque cada día le cuesta más, ya es algo natural y a veces ve normal que la humillen, que le griten o mientan.
Mi Habana es una esclava de si misma que trata de exaltar su extinta belleza, recuperar su arcaico esplendor, restaurar sus patios interiores, sus fachadas coloniales y su moral eclipsada por un supuesto dueño que la quiere arrastrar con aplausos vacíos hasta el fondo del mar.
Mi Habana limpia su bahía y se sacude el polvo, el polvo centenario que acumulan sus calles adoquinadas, y se duele , se duele por dentro, se avergüenza ante el mundo que aun la ve muy oronda caminando con su frente en alto, enarbolando banderas que al final la condenan.
Mi Habana resiste con firmeza el embate de olas y huracanes malditos, sequías y calores que derriten las sombras y las luces de sus hijos. Epidemias y virus de ideales marchitos que le asquean sus entrañas.
Y al final de la tarde,
Mi Habana ya regresa de su dura faena cansada y moribunda. El silencio la abraza. La incertidumbre apremia y sin nada en los bolsillos , un café y un habano, se va a sentar al muro, y en su amado malecón va a rogarle a la luna, que no la olvide nunca y pierde su mirada en el azul horizonte que se torna infinito y moja sus pies descalzos.
